Si hay algo que me ha fascinado y
atravesado desde que tengo recuerdos es el poder de las palabras. Desde que
aprendí a sujetar un lápiz en mis manos y entendí la capacidad de engendrar que tienen los nombres, desde que sentí la
fuerza de apelar escribiendo en cuadernos que menguaban según iba arrancando sus
hojas; arrancaba porque había, tal vez, insuflado vida a una realidad que no me
convencía, arrancaba las cuartillas cuadriculadas porque lo que contaba ahí
había nacido por el poder de la invocación, y sentía, ya digo, la fiereza que
tienen las designaciones o una narración bien armada. O bien mantenía la
belleza y la verdad que me interesaba en esas cuatro hojas que venían a
contarme otra cosa que, a mi juicio, era obra digna de ser respetada.
Tal vez antes de conseguir
levantar un lápiz en mis manos, había sido habitada por los cuentos de mi
abuela, por las narraciones de niños desobedientes o pequeñas mentirosas que
reincidían, por las consecuencias que más tarde llegaban y me traían en sueños
moralejas antiguas de infinito poder clasificador.
Así se fue encarnando en mí la posibilidad
de una narración, una fábula capaz de hacer malabares con las cosas, de cambiar
la historia.
Poco a poco entendí que validar
un cuento y condenar el otro, no era un arte exclusivo de mi propiedad, que no
hay higiene en las teorías ni en el modo de ordenar el mundo, que hay que saber
quién está escribiendo el cuento y sobre todo qué es lo que pretende. Y que el
poder de un astuto contador de cuentos no es tal si aprendemos a ser unas
sagaces lectoras.