Nos enseñaron a ser complacientes, a pesar de los testarazos, de las zancadillas, de nuestros reducidos espacios: la parte más pequeñita del recreo, allá donde los niños no daban patadas al balón. Nos enseñaron a decirnos las cosas en un susurro, bajito y como pidiendo permiso, sin que se nos deshicieran demasiado las coletas y sabiendo que nuestras rodillas con costra nos delataban más que a ellos.
“Eres una contestona”, “qué marimandona eres”, “esta niña tiene mucha soberbia” frente a los mensajes que recibían los niños: “este niño tiene salidas para todo”, “se los lleva a todos de calle”, “jajaja, mira qué valiente”.
Sabíamos cómo teníamos que sentarnos, nos enseñaron a sonreír y a agradar mucho, a escuchar y a asentir, y a observar a los niños de lejos mientras protagonizaban mil y una aventuras.
“Una, dola, tela, catola…” en fila, sin mucho más ruido, y sin ensuciarnos los vestidos.
Y luego, ¿qué? Salir al mundo a ver cuánto casito nos hacían, si nos tenían un poco en cuenta o si éramos las elegidas. También en fila, muy sonrientes y sin hacer mucho ruido, de injusticia en injusticia, de indignación en indignación, de hostia en hostia… Solo se salvan, y no del todo, las que emprenden su justa aventura: la de tomar la palabra, los espacios. La lucha feminista.

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