Cuando una es joven siente deseos de todos
los rincones para comerse el mundo, luego cuando es un poco menos joven, quiere
solo un rincón donde el mundo no se la vaya a comer. Antes una veía las bolsas
en los ojos de la gente, las acariciaba mirándolas despacio y curiosa bajos los
de su abuela, más tarde bajo los ojos de su madre, hasta que un día las
descubre en una ligera promesa debajo de los suyos. Los cierra y entiende de qué
suelen estar llenas esas bolsas, entiende que el cuerpo tiene memoria y que la
memoria está hecha de un material elástico, a veces un paraguas para orar hasta
que pasen las tormentas, ahora una pátina de asco por aquello sobre lo que se entendió
experta cuando la experiencia no estaba en los límites de su piel. Y una
empieza a dar consejos, con el convencimiento de que los consejos no siempre
sirven a aquella persona a quien se le entregan y que solo son funcionales para
el ser que los emite como si fueran un sortilegio para desandar el propio
camino, creerse poseedora de una brújula que, andados los tiempos, ya no tiene
norte al que dirigirnos.
Los domingos lamen lentamente la paciencia,
dejando sobre ella dientecillos afilados y sádicos que te empujan a escupir
detrás de las puertas esa maldición antigua de la que han bebido todas las
mujeres, aquello de parir con dolor y ser gobernada por tu marido, aunque no
hayas parido hijos y aunque el que te gobierne nada tenga que ver contigo, pero
saber que eres susceptible de ser gobernada por el marido de cualquiera.
“¿Dónde
están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?”
El mal era eso, un señor con la frente fruncida
sentado sobre su desastre convencido de que el desastre es la palabra de Dios,
de un dios que ya sabemos que solo es él mismo. Mientras tanto las mujeres
limpiamos esa ruina, limpiar ruina sobre ruina porque, una vez hayamos colocado
la pieza, la volverán a volar por los aires.
A las mujeres nunca se nos habría ocurrido
inventar los misiles, pero siempre nos queda tiempo para preguntarle a
cualquiera si ha cenado, y tratar de hacer algo con el poco pan que tengamos,
porque nuestra guerra es otra, es la guerra de ponernos a salvo, de cuidar de
los hijos de cualquiera, de enunciar una palabra que construya, de zurcir
aquello que está roído por el odio. Las mujeres aprendimos el odio de la mano
de los hombres, en el batir de sus duelos, en las puntas de sus lanzas, en la
palabra que encierra una promesa que aterra, y a veces allí estuvimos mirándolos
a los ojos en el propio duelo, atravesadas por su lanza, recogiendo la amenaza hecha
carne.
“Y el verbo se hizo carne, y habitó entre
nosotras.”
Las mujeres inventamos las trenzas sin ninguna
intención de trenzarnos el pelo, con la única escusa de entretejer el cabello
de otra mujer mientras nos decimos, nos contamos y nos enseñamos a construir
otras formas, hacer una trenza en otra cabeza para llenar esa cabeza de ideas,
de mirada anterior, y más anterior para colocar lo de hoy, o lo que venga
mañana. Y luego apretar fuerte la trenza para asegurar que lo que nos hemos
contado no se lo van a arrebatar ni siquiera durmiendo.
“Haznos,
Santa Magdalena, audaces en el amor”.

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