viernes, 6 de marzo de 2020

Vendrán y te nombrarán


Si hay algo que me ha fascinado y atravesado desde que tengo recuerdos es el poder de las palabras. Desde que aprendí a sujetar un lápiz en mis manos y entendí la capacidad de engendrar que tienen los nombres, desde que sentí la fuerza de apelar escribiendo en cuadernos que menguaban según iba arrancando sus hojas; arrancaba porque había, tal vez, insuflado vida a una realidad que no me convencía, arrancaba las cuartillas cuadriculadas porque lo que contaba ahí había nacido por el poder de la invocación, y sentía, ya digo, la fiereza que tienen las designaciones o una narración bien armada. O bien mantenía la belleza y la verdad que me interesaba en esas cuatro hojas que venían a contarme otra cosa que, a mi juicio, era obra digna de ser respetada.

Tal vez antes de conseguir levantar un lápiz en mis manos, había sido habitada por los cuentos de mi abuela, por las narraciones de niños desobedientes o pequeñas mentirosas que reincidían, por las consecuencias que más tarde llegaban y me traían en sueños moralejas antiguas de infinito poder clasificador.

Así se fue encarnando en mí la posibilidad de una narración, una fábula capaz de hacer malabares con las cosas, de cambiar la historia.

Poco a poco entendí que validar un cuento y condenar el otro, no era un arte exclusivo de mi propiedad, que no hay higiene en las teorías ni en el modo de ordenar el mundo, que hay que saber quién está escribiendo el cuento y sobre todo qué es lo que pretende. Y que el poder de un astuto contador de cuentos no es tal si aprendemos a ser unas sagaces lectoras.

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