martes, 4 de agosto de 2020

Agosto CO2

El armario de mi habitación es de espejo, cada vez que voy a salir de casa y recojo el bolso o alguna cosa y paso por allí, veo unos ojos que me miran detrás de una mascarilla y siempre pienso lo mismo, día tras día. Qué habría pensado un año atrás si se me hubiera otorgado la posibilidad de mirar ese futuro, de ver esa imagen, el del día de hoy, o el de cualquier otro día que enmascarada me viese tan cotidiana e impasible haciendo mis cosas; imagino que me habría asustado muchísimo, que habría pensado que alguna enfermedad se me iba a diagnosticar, ¿algún problema inmunológico? ¿Una infección? Jamás habría convenido que estaría viviendo una pandemia, un virus zampándose el mundo, una realidad abocada a los interiores que encima justificaría mi, ya natural, tendencia al aislamiento. Una posibilidad inverosímil. Una explicación remota que habría desestimado sin más.

Pero aprendemos a vivir una nueva realidad. ¿Una nueva normalidad? Que me hace pensar en el mar como algo ajeno, un olor que pierde un poco el sentido y que me aleja del alboroto que me venía a significar. Un ambiente que me hace tenerle miedo a los besos, a los abrazos, a salir y tocar a la gente, en esa manía que tengo de dar golpecitos para sobre explicarme y que tanto detesta mi hermano. Un espacio lleno de personas que tienen más miedo que antes y que además son todo ojos y manos relavadas y cohibidas que cruzan los pasos de cebra esquivando a los demás. Y es que ahora el otro, que siempre fue el enemigo, el ajeno, el que no era yo, se encarna en virus, en vector, en alguien con quien no puedo confabularme si no es a golpe de tecla o de pantalla. La distancia es lo que sí, lo que es seguro, lo que me va a salvar. Cuando sabemos de más que, si no es con alguien, seguramente no sea, o sea como debiera ser.

Agosto en Madrid es tan polvoriento como lo era el año anterior, es el mes en el que lo mejor de Madrid es escapar de aquí. Y este año debiera ser el mes en el que, para recuperar la vida, habría que desear salir afuera y dejar que otros espacios/ otras personas nos tocaran la piel. Y no, sin embargo.


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